Se despertó a las 3 y cuarto de la madrugada, se levantó. Dormir le fue imposible, asique decidió salir de la habitación y lavarse un poco la cara. Se sentía hinchado, el estómago le pesaba un quintal y medio. De repente sin tomarlo ni beberlo se agachó hacia el retrete y rugió con todas sus fuerzas. Uno, dos y... tres, ésta última arcada fue la decisiva, echó todo lo que pudo y más, intentando que saliera de allí hasta lo más profundo de su ser; su alma.
Por último se fue a la cama y de allí no se pudo levantar durante 2 días enteros sin comer, pero eso sí, tomando un efervescente que sabía a rayos.
Y así fue como descubrió que la mayonesa no fue la culpable del crimen, sino la famosa gastroenteritis.

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