jueves, 30 de septiembre de 2010

¡Vámonos de fieshta!

Hoy me siento con ganas de vivir aventuras. Tengo ganas de irme de marcha con la luna mientras las estrellas de la noche nos iluminan los pubs de Madrid. Hoy me siento con ganas de que el cubo de basura coleccione litronas, de estar en otro mundo, de tambalearme por las calles con una sonrisa de oreja a oreja. Tengo mono de fiesta, de éxtasis, de bailar skape.

Tengo necesidad de besarme con una persona que conozca esa misma noche y darlo todo en ese beso, como si fuera el primero y el último, con tanta pasión como ponía Romeo para conquistar a Julieta.

Quiero bailar Smooth Criminal como Michael Jackson en su mejor momento, quiero beber tantos tequilas como habitantes hay en su ciudad natal (México). Definitivamente hoy es uno de esos días en los que quiero un jodido multiorgasmo triosexual.

miércoles, 29 de septiembre de 2010

En Do menor.

Hacía tanto que no escuchaba aquella melodía... desde hacía 7 años... me acuerdo perfectamente, cuando la escuché por primera vez lloré, y la escuchaba a todas horas; ¿quién me iba a decir a mi que me iba a gustar la música celta?

No paraba de escucharla, me tiré una buena temporada. Salía a la calle y la seguía escuchando, ahora, en mi cabeza; era genial, porque era la única canción que no llegaba a cansarme. Las notas parecían colgadas del cielo sujetas a un hilo de seda blanco, largo y fino. El oboe era el capataz de la obra, es decir, marcaban la melodía. La cuerda se encargaba del acompañamiento, junto con otros instrumentos.

Poco a poco pasó el tiempo y se fue quedando en el olvido, en un insignificante recuerdo que se encuentra al fondo a la derecha.

Pasaron años y ya ni si quiera la necesitaba, pero me seguía acordando de ella, de aquel bendito oboe porque algo tan bello es imposible olvidarse.

Hoy, día 29 de Septiembre del 2010 he descubierto la mejor versión de esa canción. Ahora no paro de escucharla. Es completamente pluscuamperfecta.



Y todo gracias a Spotify.

martes, 28 de septiembre de 2010

Basura social

Decepción total. Jamás entenderé la mente humana al completo. Somos tan diferentes unos a otros... ¿Por qué los desechos humanos son los que peor huelen y de los que queremos deshacernos de ellos cuanto antes? La respuesta es sencilla, por que cada uno es lo que se ha hecho a sí mismo, si consideramos a determinadas personas “desechos humanos” es porque ellos se han hecho a sí mismos, y no se merecen otra cosa que aislarlos y juntarlos con otros desechos; al igual que hacemos con la basura deberíamos empaquetarlos y reciclarlos, pero no reutilizarlos, ¡por dios!.

Que a estas alturas tengamos que darnos lecciones unos a otros de moral es increíble... Tampoco comprenderé por qué una persona puede dar tan poco de sí a un órgano tan preciado como es nuestro cerebro. El cerebro es como una naranja, está para exprimilo y darnos todo su jugo y así, ofrecernos una dulce recompensa.

lunes, 27 de septiembre de 2010

Vida de Eva.

Pensaste, ¡Qué asco de perra!. ¡Cállate ya, Lola!, ladraste. Estabas tremendamente cansada del día entero. El instituto había sido más horrible de lo que pensabas, y para que rematar la faena, el profesor de gimnasia nos manda hacer abdominales (se creerá que estamos en el ejército o algo similar... ) y para colmo la nota de educación física cuenta para selectividad. No entiendes nada y terminas por suspirar. Piensas “el mundo está loco”, pero no decides por ello abandonarlo; no hay otra cosa que estés más segura, pero de que no perteneces a ninguna tribu urbana “masoca” ni continuamente pesimista, de eso, estás bien segura.

Decides relajarte y encender el ordenador para distraerte... no te sientes con fuerzas para ponerte a hacer química. De repente, te das cuenta de que está conectada... se te abren lo ojos como se le abren las plumas de los pavos reales cuando quieren atraer a la hembra. En ese momento se te pasa por la cabeza el sábado anterior. De entre toda la gente que había allí resaltaba. Había muchísima gente, la normal en un sábado en aquella plaza de chueca. Pero ella estaba guapísima.

Decides decirle algo, y cuando estás escribiendo, un amigo muy familiar vuelve a visitarte, aquel duendecillo diabólico que te convence de que es mejor que no lo hagas, que sería rebajarte; te dice: ¡que te hable ella!. Al fín le haces caso y apagas el ordenador rápidamente, te tumbas de un salto en la cama y le dices a tu propio nórdico en voz alta:



“Lo mejor en estos casos es dormir”.

Vida de Virginia.

Aquella sensación, la cual te sigue rondando de vez en cuando en tu ser. Es como un vaivén ocasional e inesperado. No es desagradable, pero tampoco es, precisamente, agradable; simplemente es rutinaria. A veces llega a ser insoportable, tanto, que apartas la mirada del ordenador, estiras tu alargada espalda hacia atrás haciendo fuerza en el respaldo flexible de la silla de tu habitación. Miras a través de la ventana, esperando que suceda algo: el intento es en vano. Por fin decides levantarte y dirigirte hacia la cocina en busca de té rojo con leche, para saciarte la sed (aunque el verdadero motivo es por matar el tiempo).

Vuelves, descubres que se ha conectado y se te hace un nudo en la garganta y por si fuera poco se te ha ido por otro lado al tragar el té. Toses, toses y toses, hasta forzar tu garganta; te secas las lágrimas que te han brotado de los ojos del esfuerzo. Y, al volver a mirar la pantalla, ya no está. Reflexionas, te retuerces los sesos pensando para qué se habrá conectado y desconectado en tan poco tiempo. Se te ocurren mil y una cosas por la cabeza, pero nunca sabrás si son ciertas tus maquinaciones.

Desistes. Decides desconectarte y apagar el ordenador.
Dices en voz alta


“Lo mejor en estos casos es dormir”.