La historia que voy a contar trata
sobre un ciclista. Un ciclista que había viajado mucho, mucho. No
hacía mas que subir cuestas, bajar cuestas, bajar cuestas. Corría y
corría. Nunca paraba.
Por fin llegó el día. Paró. Se sentó
al ras de la camino, cerca de Despeñaperros. Quedándose quieto, muy
quieto. Pensaba, dormía y, a veces comía. Triste, dulce y
atormentado.
Llegó el día. Se tomó un café por
la noche; muy tarde, pero a tiempo. Tranquilo. Sin pausa, con
silencio.