lunes, 27 de septiembre de 2010

Vida de Eva.

Pensaste, ¡Qué asco de perra!. ¡Cállate ya, Lola!, ladraste. Estabas tremendamente cansada del día entero. El instituto había sido más horrible de lo que pensabas, y para que rematar la faena, el profesor de gimnasia nos manda hacer abdominales (se creerá que estamos en el ejército o algo similar... ) y para colmo la nota de educación física cuenta para selectividad. No entiendes nada y terminas por suspirar. Piensas “el mundo está loco”, pero no decides por ello abandonarlo; no hay otra cosa que estés más segura, pero de que no perteneces a ninguna tribu urbana “masoca” ni continuamente pesimista, de eso, estás bien segura.

Decides relajarte y encender el ordenador para distraerte... no te sientes con fuerzas para ponerte a hacer química. De repente, te das cuenta de que está conectada... se te abren lo ojos como se le abren las plumas de los pavos reales cuando quieren atraer a la hembra. En ese momento se te pasa por la cabeza el sábado anterior. De entre toda la gente que había allí resaltaba. Había muchísima gente, la normal en un sábado en aquella plaza de chueca. Pero ella estaba guapísima.

Decides decirle algo, y cuando estás escribiendo, un amigo muy familiar vuelve a visitarte, aquel duendecillo diabólico que te convence de que es mejor que no lo hagas, que sería rebajarte; te dice: ¡que te hable ella!. Al fín le haces caso y apagas el ordenador rápidamente, te tumbas de un salto en la cama y le dices a tu propio nórdico en voz alta:



“Lo mejor en estos casos es dormir”.

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