Aquella sensación, la cual te sigue rondando de vez en cuando en tu ser. Es como un vaivén ocasional e inesperado. No es desagradable, pero tampoco es, precisamente, agradable; simplemente es rutinaria. A veces llega a ser insoportable, tanto, que apartas la mirada del ordenador, estiras tu alargada espalda hacia atrás haciendo fuerza en el respaldo flexible de la silla de tu habitación. Miras a través de la ventana, esperando que suceda algo: el intento es en vano. Por fin decides levantarte y dirigirte hacia la cocina en busca de té rojo con leche, para saciarte la sed (aunque el verdadero motivo es por matar el tiempo).
Vuelves, descubres que se ha conectado y se te hace un nudo en la garganta y por si fuera poco se te ha ido por otro lado al tragar el té. Toses, toses y toses, hasta forzar tu garganta; te secas las lágrimas que te han brotado de los ojos del esfuerzo. Y, al volver a mirar la pantalla, ya no está. Reflexionas, te retuerces los sesos pensando para qué se habrá conectado y desconectado en tan poco tiempo. Se te ocurren mil y una cosas por la cabeza, pero nunca sabrás si son ciertas tus maquinaciones.
Desistes. Decides desconectarte y apagar el ordenador.
Dices en voz alta
“Lo mejor en estos casos es dormir”.

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